España exige fronteras firmes frente a un Gobierno que las abandona. (Artículo de Adrian Valenzuela Esparza)
Una nación que no controla sus fronteras termina perdiendo una parte esencial de su soberanía. España tiene el derecho y la obligación de decidir quién entra en su territorio, bajo qué condiciones y conforme a qué leyes. Defender ese principio no significa estar contra la inmigración, significa estar a favor de la inmigración legal, ordenada y compatible con la capacidad del país.Los datos demuestran que el problema fronterizo existe. En 2024 España registró 63.970 llegadas irregulares, un 37 % más que en 2023. En 2025 descendieron hasta 36.775, pero aumentaron significativamente en determinados puntos como Baleares, Ceuta y Melilla. Y durante el primer semestre de 2026, aunque el total nacional volvió a descender, las entradas terrestres por Ceuta y Melilla aumentaron un 155 % respecto al mismo periodo del año anterior.Por tanto, reducir cualquier preocupación por nuestras fronteras a una cuestión de “racismo” o “xenofobia” es una forma demasiado cómoda de evitar el debate. España es frontera exterior de la Unión Europea y tiene una responsabilidad especial sobre Canarias, Baleares, nuestras costas y, particularmente, Ceuta y Melilla.Y aquí aparece una de las mayores contradicciones de la política migratoria del Gobierno.España puede tener leyes y procedimientos de retorno sobre el papel, pero una frontera pierde su sentido cuando el Estado no consigue impedir la entrada irregular ni garantizar de forma efectiva el retorno de quienes no tienen derecho a permanecer. Una vez dentro, muchos migrantes terminan desplazándose desde los territorios de llegada hacia distintos puntos de la Península y algunos continúan hacia otros países europeos.No basta con proclamar que existen controles, un Gobierno demuestra que controla sus fronteras cuando sus decisiones se cumplen en la práctica.Una frontera que se vulnera reiteradamente y un Estado incapaz de ejecutar eficazmente sus propias normas constituyen un fracaso de soberanía.El patriotismo también consiste en ejercer la autoridad del EstadoMi crítica a buena parte de la izquierda gobernante aparece precisamente aquí. Considero profundamente equivocada una concepción política en la que hablar de patria, soberanía nacional o fronteras firmes parece generar más incomodidad que reconocer los problemas derivados de una frontera insuficientemente protegida.No afirmo que toda persona de izquierdas sea antipatriota. Sería absurdo. Pero sí considero antipatriótica una política cuando coloca sistemáticamente los complejos ideológicos por encima de la defensa de los intereses nacionales.Los derechos humanos y unas fronteras seguras no son conceptos incompatibles. Se puede rescatar a una persona que esté en estado de vulnerabilidad física y simultáneamente, dejar claro que eso no supone una autorización automática para establecerse en España. Se puede tratar dignamente al extranjero y exigirle exactamente lo mismo que al español: cumplir la ley.España necesita cooperación europea, más medios materiales y humanos, acuerdos eficaces de retorno y una política exterior capaz de exigir responsabilidades a los países de origen y tránsito. También necesita dejar absolutamente claro que Ceuta y Melilla son España y que proteger sus fronteras significa proteger igualmente la frontera exterior de Europa.Una política migratoria seria tampoco puede basarse exclusivamente en proclamas. Debe perseguir a las mafias, facilitar las vías legales de inmigración cuando sean necesarias, acelerar la resolución de expedientes, distinguir claramente entre inmigración económica y protección internacional y ejecutar los retornos que legalmente correspondan.Porque solidaridad sin control termina convirtiéndose en desorden, y soberanía sin capacidad para hacer cumplir las leyes termina siendo únicamente una palabra, incompetencia.España puede ser solidaria sin ser ingenua. Puede respetar los derechos humanos sin renunciar a defenderse. Puede recibir legalmente a quien venga a trabajar y convivir respetando nuestras normas y, al mismo tiempo, cerrar el paso a quien pretenda entrar al margen de ellas.



