Cuando una conversación era un viaje. A Mateo García, con cariño y gratitud por cada historia compartida y la amistad que permanece en el recuerdo. (María José Valenzuela Cánovas)
Hay algo que une a quienes sienten una misma pasión y no es casualidad.Una brújula nos acerca a quienes vibran en una sintonía parecida, y a veces esos caminos se encuentran, abriendo la puerta a amistades que nos aportan mucho.En mi caso, ese encuentro me condujo a Mateo García. Llevaba años escribiendo relatos y poemas, pero necesitaba que alguien con experiencia los leyera y me diera un juicio honesto, alguien capaz de ir más allá de captar el sentido de lo que quería trasmitir. Había leído también su libro Relatos del ayer y eso me animó a buscar su dirección y con algunos relatos impresos bajo el brazo, llamé a su puerta.Me recibió Lali, su sirvienta, quién me presentó a Mateo y me indicó un asiento. Le expliqué el motivo de mi visita y él comenzó a leer mi trabajo. Cuando terminó, con una sonrisa, pidió a Lali que se acercara a escuchar. Leyó el texto en voz alta, deteniéndose no en erratas ni en cuestiones de sintaxis sino en la fuerza del argumento y en cómo podía desarrollarse mejor. La sirvienta lo escuchaba con atención, más por cortesía que por otra cosa y se limitó a sonreír. Entonces, Mateo se sentó ante su máquina de escribir y me mostró paso a paso cómo reestructurarlo.A pesar de aquella demostración, salí decepcionada y humillada. No era necesario llamar a nadie ni exponerme de aquel modo. Su manera de actuar y su sonrisa, me hizo sentir pequeña frente a su conocimiento.Sin embargo, aquel día marcó el inicio de una buena amistad que duraría hasta su muerte.No desistí y continué escribiendo en soledad, guardando cada relato y cada poema en el fondo de un cajón. Tiempo después, me encontré con Mateo por la calle y me preguntó si seguía en esa andadura.Le respondí que nada ni nadie, a pesar de todos los pesares, me apartaría de mi pasión por la escritura.Me invitó a su casa para enseñarme su museo particular y unas diapositivas de alguno los viajes que había realizado. A partir de entonces comencé a visitarlo con cierta frecuencia. Charlábamos durante horas, me mostraba los paneles que había seleccionado y mandado enmarcar para futuras exposiciones, un proyecto en el que estaba trabajando con mucha ilusión.También me enseñaba documentos relacionados con los archivos de los ayuntamientos de Aledo y Totana y, cuando alguno me interesaba, me lo prestaba para fotocopiarlo.Cada encuentro era un intercambio lleno de experiencias y enseñanzas. Cada vez que me surgía alguna duda en mis escritos, lo llamaba por teléfono o acudía para que me orientara, siempre encontraba la manera de sacarme de la incertidumbre y explicarme lo que necesitaba entender.Algunas veces iba acompañada de Alfonso Tejedor, otras de Mari Carmen, o de Antonio Aznar, conocido como El Canario, pero la mayoría de veces acudía sola. Mateo me contaba aquellas vivencias con cariño y siempre con una sonrisa. Algunas de ellas son las que comparto a continuación.Una mañana de domingo, como tantas otras, fui a su casa. Mateo ya era muy mayor. Me recibió con la alegría de siempre. Le gustaba compartir lo que sabía: sus vivencias y anécdotas, rodeado de papeles: unos escritos por él y otros que preparaba para que Ana, su mujer, los llevara a la copistería.Aquel día tomó un fajo de tarjetas y comenzó a leerme algunas, apenas unos meses antes de su muerte. Se le notaba débil, pero animado. Sonreía a menudo y daba la impresión de que volvía a vivir lo que contaba. Me llamaba la atención su manera de aprovechar cualquier papel para escribir, las tarjetas, los folios, todo le servía.Escribía por delante y por detrás, en horizontal o en vertical llenando cada hueco.Empezó con esta vivencia.Esto ocurrió en Grecia. Allí visité una prisión, donde las condiciones eran durísimas.El funcionario me guiaba explicándome detalles mientras avanzábamos por los pasillos.En una celda, un preso, al verlo suplicó:¡Ay, señor, por favor, yo no he hecho nada malo! En la siguiente ocurrió lo mismo.Todos aseguraban no haber hecho nada que justificara estar allí. Hasta que llegamos a una celda en la que uno de los reclusos dijo con toda normalidad: Yo estoy aquí porque he robado. El funcionario ordenó llamar al director de la cárcel para que lo pusiera en libertad, no fuera a contagiarse de los demás.Aunque suene increíble, la historia reflejaba la ironía con la que Mateo miraba en aquel mundo de culpables e inocentes.Sabía que la realidad era otra; cárceles con problemas de hacinamiento, personas retenidas durante largos periodos sin juicio.Por eso, la liberación del único que admitía su culpa no dejaba de ser una exageración deliberad, una forma de subrayar lo absurdo.Después de Grecia, Mateo solía enlazar historias distintas en las que lo cotidiano adquiría un matiz inesperado. Hablaba, por ejemplo, de su huerto, donde trabajaban dos hombres encargados de cavar, podar y mantenerlo. A la hora del almuerzo se sentaban juntos en un poyo, Mateo les sacaba vino y ellos ponían una lata de atún, un trozo de queso y un tarugo de pan. Pero había algo que le llamaba especialmente la atención, si sobraba un poco de embutido o media lata de conserva, los obreros lo tiraban. Eso le molestaba, decía que bien podían guardarlo, llevárselo a su casa yaprovecharlo.De ahí saltaba sin transición a recuerdos más lejanos. Evocaba una región de Brasil, donde, tras la Segunda Guerra Mundial, se asentaron numerosos europeos, sobre todo alemanes. Un brasileño con dinero compró una parcela al Estado después de llegar a un acuerdo con el alcalde y construyó un restaurante magnifico. Al poco tiempo vio cómo alrededor de su obra, comenzaba a trabajar una perforadora, haciendo agujeros para las columnas de una construcción que acabaría cerrando el espacio sobre su casa.Fue a hablar con el jefe de la obra, explicándole que había comprado suficiente terreno. Este le respondió que, efectivamente, había comprado el suelo, pero no el espacio aéreo. Por tanto, estos señores podían construir sobre su propiedad, ya que ese espacio aéreo no estaba incluido en la compra.Historias como esta, aunque parecieran increíbles, Mateo las contaba con humor y detalle. Mezclaba hechos verosímiles con exageraciones destinadas a resaltar lo absurdo, como ocurría en Grecia, Brasil o en su propio huerto de Totana. A través de estas anécdotas se podía comprender su manera de percibir la realidad y cómo encontraba ironía incluso en las situaciones más inesperadas.Por ejemplo, me habló de Turquía, donde un vendedor de tapices en los bazares de Estambul, después de engañar a un comprador de un modo tan miserable, al darse cuenta del daño que había causado, se castigó a sí mismo saltándose un ojo con una aguja de coser. Mateo relataba estas historias como parte de un mosaico de curiosidades, hilvanando unas anécdotas con otras sin que una se diera cuenta, siempre con su particular manera de entender la vida.Yo no podía evitar comentar que aquello sonaba increíble, pero Mateo insistía con esa certeza suya, que era así como se lo habían contado y que, por tanto, era verdad.Después pasó a las costas del Egeo, cerca de Bodrum, y a los canales de Estambul, donde la vida parecía transcurrir con un ritmo distinto. Contaba que algunos turistas solo permanecen unos días y otros vivían durante unos meses en los barcos, y era costumbre llevarles comida preparada a cambio de un pago. Se vendía pescado frito con pan, cebolla y aliño, y así podían comer allí mismo sin tener que regresar treinta o cuarenta kilómetros hasta su hotel.Yo imaginaba la escena y Mateo comentaba con humor y satisfacción, que todo funcionaba como un pequeño ecosistema:cada persona encontraba su lugar y resolvía su rutina de manera ingeniosa.De pronto, sin aviso y aunque yo le hablara de otras cosas, me llevó al cementerio de un pueblo costero. Me explicó que en los detalles de una tumba se podía leer mucho sobre la persona que descansaba allí. Si la tumba tenía un fez, el típico gorro masculino extendido desde el siglo XIX en Turquía y el norte de África, era señal de que yacía un hombre rico.Si llevaba un turbante, pertenecía de un acomodado y si no tenía absolutamente nada se trataba de una mujer.Comenté: Como siempre, parece que hasta en la muerte la suerte da la espalda a la mujer. Mateo asintió, convencido: Es curioso, pero es así, es así.Cada historia se convertía en una lección sobre las costumbres y sobre cómo las decisiones de las personas pueden revelar más de lo que aparentan. Mientras lo escuchaba, me sorprendía registrando detalles, imaginando bazares, playas, barcos y tumbas, comprendiendo que la realidad y la ficción, a veces, se entrelazan de una manera que solo alguien como él podía hacer visible.Después de otra de sus vivencias, una de esas aventuras que solo Mateo sabía convertir en una odisea, yo intentaba colar algún comentario. Él rebuscaba entre sus tarjetitas, como si reconstruyera los recuerdos que quería contar, improvisando con frases: Los hijos de mis hijas sí son mis nietos, los de mis hijos no lo sé cierto. Y de repente me trasladó al sur de Brasil.Un amigo tenía allí una casa y justo coincidió con el derrocamiento de Allende.Nos encontrábamos presenciando el cambio de guardia cuando resonaron los primeros disparos. Sin pensarlo, salimos corriendo hacia el coche y de allí directos al aeropuerto. Por si la situación no fuera ya suficientemente absurda, habíamos viajado cargados de abono, cuyo olor hacía la escapada más épica. Cuando por fin llegamos, mi amigo me dijo que me diera una ducha, mientras él recogía mi traje, ya que me había cagado encima.Una vez más, convertía cualquier caos en un relato memorable, donde mezclaba el riesgo, lo inesperado y ese toque de surrealismo tan suyo.Después de la escapada caótica en Brasil, mientras yo intentaba recuperarme del olor a abono le pregunté en cuántos países había estado.Me miró como si cualquier cifra se quedaba corto: En tantos que ya ni lo sé, respondió.Claro, parece que no he salido de Totana, pero sí he recorrido mundo.Mi primera vez en Rusia fue estando en Francia, en casa de mi hermana. Unos amigos suyos decidieron ir hasta allí en su coche, y yo, sin entender nada de ruso, me apunté.Lo único que llevaba en abundancia eran caramelos, que los niños devoraban con un entusiasmo que me encantó. Aquel país me atrapó desde el primer minuto.Tiempo después regresé en avión, el trayecto era largo y para no aburrirme, empecé a cantar una canción de mi juventud, que había aprendido en Alhama cuando era pionero rojo:Oh campo, mi campoancho y dorado,perdido río y llanurasverdes y onduladas.Los jinetes avanzanbajo el cielo azuly el viento cantasobre los dorados campos.El sol brilla sobreel vasto horizonte,y la patria llamaa los hijos a luchar.Mientras cantaba, un hombre se me acercó y me preguntó si era español. Al confirmarlo, le conté de dónde venía y que Rusia me había impresionado. Resultó que él había sido voluntario en la guerra civil española y aprendió español en Barcelona.A partir de entonces, cada vez que me parecía, viajaba para dar conferencias.Yo no tenía título de maestro, pero tenía un colegio a mi nombre, por eso iba con frecuencia a Madrid para solucionar papeles y asegurarme de que todo funcionara correctamente. Gracias al amigoque conocí en el avión, se me abrieron las puertas a encuentros, conferencias y amistades que hicieron mis viajes mucho más enriquecedores. Pude relacionarme con hijos de españoles, dar charlas sin necesidad de intérprete y conocer la vida del país desde dentro.Rusia es enorme y aunque recorrí gran parte del país, no todo lo que vi era agradable.Cada viaje me permitió descubrir personas, culturas y maravillas cotidianas.En América del Sur, la experiencia también fue intensa. Recuerdo una vez en Chile, cuando me invitaron a comer a casa de un señor. Yo pensaba que la ternera estaba ya cocinada, lista para servir, pero cuál fue mi sorpresa, la ternera estaba fuera de la casa, ya muerta, colocada junto a un fuego, la habían orientado estratégicamente según para donde soplara el viento para que el calor y el humo la fueran cocinando lentamente.Suena un poco salvaje, pero te aseguro que estaba deliciosa, tierna y con un sabor mucho mejor de lo que podía imaginar.Estaba Armando Uribe Arce, poeta chileno, que ya ha fallecido, del cual me acuerdo, muchísimo, muchísimo. Propuso ir a bañarnos a la piscina que tenía junto a su casa. aquella tarde estaba llena de mujeres, todas desnudas. Por la noche organizó un baile, iban todas de forma impecable.Se acercó Armando y me comentó con pragmatismo, que por la tarde se desnudaban para captar marido y, por la noche, se vestían para no perderlos. No pude más que sonreír ante la lógica poética y salvajemente ingeniosa de su mundo.Cualquier viaje o encuentro acababa convirtiéndose en una aventura, desde perderse en Rusia sin hablar una palabra hasta compartir caramelos con niños o asistir a un baile inesperado en Chile.Cada anécdota dejaba la sensación de que el mundo guardaba una sorpresa para quien sabía observar.En sus últimos meses de vida, entre los regalos que conservo con cariño, quiso regalarme una pantalla para que pudiera ver las diapositivas que tanto me apasionan, como un pequeño puente hacia sus recuerdos y aventuras. Siempre le estaré agradecida por su amistad y por todo lo que compartió conmigo. Evocar nuestras conversaciones es escuchar de nuevo su voz.



